jueves, mayo 18, 2006

La Ducha

La ducha

Era un día de primavera. El sol, aún tenue, entregaba un calor suave, se escuchaba el rumor de la ciudad y las personas iban alegres por las calles. El mundo parecía vibrar en esos rostros hermosos. Juan Carlos y Soledad caminaban de la mano por la playa. Después de muchos insomnios y dudas, de preguntarse si era o no correcto, habían tomado el avión hasta Brasil para vivir esas vacaciones tantas veces postergadas. El destino les había puesto muchos obstáculos, pero esa tarde sentían una tranquilidad que acompañaba sus cuerpos y sus almas.
Estaban felices.
Ella había luchado desde niña. Muy joven se había hecho cargo de su hogar luego de que su padre había partido tras una mujer. Desde entonces, el amor le había sido esquivo. Tenía poco más de 45 años, y un día cualquiera había conocido al loco cuerdo que la acompañaba.
El hombre, algunos años mayor que ella, iba cargado de ilusiones y cicatrices. Se conocieron por azar y ahora estaban allí, paseando, como viejos amantes. Poco rato antes habían comido camarones al ajillo, los habían saboreado uno a uno. Se miraban con placer, se daban los trozos de carne roja en la boca y él se deleitaba cuando ella, con sus labios carnosos, los apretaba. En ese momento sus ojos eran dos perlas juguetonas. Después, ella chupaba sus dedos para limpiarlos de la salsa de ajo. La miraba cómo levantaba la copa de champaña. Todo era excitante: verla comer o beber, o mirar sus pechos que asomaban por la blusa blanca.
Estaban cansados. Ya en el hotel, se tendieron y decidieron tomar una ducha que los repusiera de la caminata. Ella se desprendió de la blusa y apareció su piel morena; él, recostado, observó cómo sus pechos se liberaban con la caída del sostén. Diestramente, sus manos descendieron por sus piernas hasta deslizar el pequeño calzón que la incomodaba. Quedó completamente desnuda para el deleite de los ojos embobados de Juan Carlos.
Ella caminó hacia el cuarto de baño. Su paso cadencioso, mostraba dos glúteos cimbreantes, sus piernas se desplazaban en una lenta danza. Sabía que la observaba, pero no se detuvo. De pronto, él escuchó el ruido del agua y ese instante fue un llamado rotundo. Se desnudó y partió tras su amada. La ducha estaba tras unos cristales, se observaba un pequeño vapor, pero alcanzó a distinguir el cuerpo que lo aguardaba. Llegó como pateando puertas y la abrazó por la espalda con energía; el chorro de agua tibia pasaba de un cuerpo a otro. Sus labios se buscaron, se mordieron y sus lenguas jugaron dentro de sus bocas ardientes. Él tomó el jabón y la espuma con olor a manzanas los invadió. Juan Carlos empezó a recorrer los pechos de Soledad hasta que sus pezones se levantaron como lanzas; sus manos siguieron por su vientre hasta encontrar el vello de su sexo. Lo acarició delicadamente, ella echó su cabeza hacia atrás y el agua bajó por su cuerpo. Las manos del hombre llegaron a su clítoris mientras sus labios atrapaban sus pezones.
El agua seguía mojándolos. Él comenzó a descender con sus labios por el vientre suave; las manos de ella buscaban detenerlo desesperadamente, pero no había vuelta atrás, sus labios ya estaban en el centro del amor. Ella se movía encabritada, con un placer que la sobrepasaba. Apoyada en la pared, lo acariciaba con furor. Soledad no pudo resistir, lo tomó por los hombros y buscó su sexo. Lo acarició con su boca y lo atrapó con sus labios. Comenzaron a jugar. Él lanzó unos gemidos que fueron un estímulo para que ella lo abrazara con más fuerza. Él ya no podía resistir. Agitado, la levantó, la besó y nuevamente buscó su sexo. Los quejidos de la mujer fueron adquiriendo un sonido especial hasta que gritó con una fuerza que no le conocía.
Juan Carlos se secó suavemente con las toallas blancas, caminó hacia la cama y se tendió de espalda, con el corazón inquieto de placer. Se sentía bien, sus dolores pasados estaban sanos; sus penas, superadas; había conocido el amor verdadero y entonces, con una sonrisa, con la felicidad contenida, su corazón se detuvo para siempre.

martes, septiembre 27, 2005

El Barrio de la Boca


DONDE LLORA UN BANDONEÓN

El aire venido del riachuelo golpea el rostro del visitante. Riachuelo glorioso de otros tiempos, donde hombres y mujeres cargados de esperanzas, llegaron a buscar un nuevo destino. Quedaron lejos las tierras de Europa, traían sueños que fueron acunando sobre las olas de los barcos. Venían soñando casi al fin del mundo.
Las calles de adoquines reciben los pasos de turistas que buscan comprender el sentir amargo de las melodías del arrabal. Quien visita Buenos Aires debe recorrer Caminito, una pequeña callejuela del barrio de La Boca, donde se han reconstruido los viejos conventillos; donde el malévo lloró su suerte, su amor desesperado. Casas llenas de colores, laberintos de arco iris, que llenan de vida las casas con paredes de latas y balcones voyeristas.
En ese rincón, una leyenda. El tango que cobró vida en la voz de Juan de Dios Filiberto: “Caminito que el tiempo ha borrado, que juntos un día nos viste pasar, he venido por última vez, he venido a contarte mi mal”. Y como devoto peregrino, el tango resuena en la primera plazoleta que preside el callejón, donde el tango se hace presente como una ceremonia, como un ritual. Por el aire surgen las notas de un tango arrabalero y un morocho con su pebeta, en una danza embrujante, giran y giran, en un juego donde ella con sus medias caladas y una abertura en la pollera muestra sus muslos generosos. Los bailarines dan cuerpo y vida a esa pasión cadenciosa, donde él con su sombrero negro apoyado sobre su ojo derecho parece ser el dueño de un amor profundo.
Caminito te atrapa, es mágico. Está lleno de energía, tal vez por los aires que respiran la nostalgia de días pasados. Son los versos de una comparsita que aún resuena. “Si supieras que aún dentro de mi alma conservo aquel cariño que tuve para ti…! ¡Quién sabe, si supieras que nunca te he olvidado…! Volviendo a tu pasado te acordarás de mí…”. Y las callejuelas de adoquines te recuerdan ese pasado que hoy está lleno de pintores que inmortalizan el tango y de conventillos coloridos que se presentan llenos de historias. Historias de un arrabal perdido en el tiempo.
Caminito tiene sus visitantes cotidianos venidos de distintos rincones. Buscan allí conocer un poco de ese Buenos Aires cosmopolita; las calles están repletas de curiosos que se detienen frente a una guitarra y un bandoneón que va lanzando sus notas al aire, como un lamento o como un deseo. “El día que me quieras, la rosa que engalana se vestirá de fiesta con su mejor color, al viento las campanas dirán que ya eres mía y locas las campanas se contarán tu amor...”. Somos tocados por nuestros propios recuerdos. Algo nos llega. Tal vez nuestros propios deseos de ese día en que nos quieran.
Desde las ventanas de los conventillos se asoman enormes muñecos que nos miran. Son hombres y mujeres que observan nuestros pasos; son testigos silenciosos de nuestro caminar entusiasmado. Esos laberintos están llenos de artesanía, de recuerdos que recordaremos cuando estemos lejos de ese rincón querido y lo podamos evocar con un canto. “Volver con la frente marchita, las nieves del tiempo platearon mi sien…Sentir que es un soplo la vida, que veinte años no es nada, que febril la mirada errante en la sobra te busca y te nombra...”. “Volver” resonará en nuestras vidas pensando en volver.
La Boca es un barrio especial. Su época de gloria, sus descamisados y sus arrabales que fueron destruidos por el progreso. Los barcos cambiaron de destino, cambió también la suerte, terminó el esplendor de esos días, pero allí está su gente para mantener Caminito, para darle vida, fuerza y una música que sana las heridas. Un lugar donde podemos soñar en ese mundo donde alguna vez se vivió con pasión.

viernes, septiembre 16, 2005

El agua purifica




Era una calurosa tarde de diciembre. Las calles y las tiendas estaban adornadas de luces multicolores. Se preparaba la fiesta de fin de año y la imagen de un pequeño niño en un pesebre, rodeado de animales que le daban calor, contrastaba con la fiesta del consumo. No importaba endeudarse en diez cuotas con tal de llevar a casa ese pino de plástico fabricado en China. Qué más da una deuda más si por una noche podíamos sentir que éramos felices.
Pero Joaquín y Manuela habían decidido esa tarde huir de todo, dejar atrás los dolores y angustias de la vida cotidiana. Ella había sido herida por la traición de un hombre a quien ella le había entregado su confianza; era frágil como un cristal de Bavaria, un leve soplo de viento y podría romperse en mil pedazos, por eso el dolor de la traición le partía el alma. Pero esa tarde sería distinto. Dispuestos a sentir de nuevo, partieron a esas tierras distantes y cercanas. Había un pequeño estero que bajaba de unas montañas con agua cristalinas. Hacia calor. Era como si la primavera, por fin, quisiera quedarse entre ellos.
Joaquín y Manuela llegaron a un recodo del estero, donde la naturaleza había construido una piscina entre las rocas. Todo era verde alrededor y unas flores silvestres de un azul intenso se movían balanceadas por la apacible brisa del lugar. Él la tomó dulcemente entre sus brazos y ella se dejó llevar por ese cariño suave que despertaba su ternura. Se besaron delicadamente, él recorrió su cuello con sus labios y sus manos torpes empezaron a soltar sus pechos de su prisión para que fueran libres. La blusa blanca saltó sobre la rama de un árbol, ella se dio a la tarea de soltar la camisa de Joaquín y sus torsos quedaron juntos en un abrazo. Él sintió el placer de sentir sus pechos endurecidos, siguieron buscándose, acariciándose; la piel de ambos se sentía con suavidad. Al desprenderle la falda que aún llevaba puesta, recorrió sus largas piernas y de pronto un hombre y una mujer se besaban desnudos en una tarde de primavera.Joaquín la invitó a entrar en el agua, ella se resistió un instante y después su pie fue posándose suavemente en el agua. Estaban reunidos en un abrazo eterno, sin querer separarse para no perder la magia de ese momento. Sin embargo, de pronto, ella se separó de él y comenzó a nadar. Estaba desnuda y el agua acariciaba su cuerpo; era una sensación especial que ella parecía disfrutar. Sus cuerpos de nuevo se buscaron y se abrazaron apasionadamente. Él recorrió su cuerpo, su sexo estaba mojado, lo acarició y ella deslizó su cabeza hacia atrás. Nuevamente sentía un placer que la invadía y la hacía perderse. Desnudos en ese abrazo eterno, el agua había purificado el alma de una pareja enamorada

Café Express



Era una mañana fría. Juan Pablo no sólo sentía el hielo en su piel, el frío también congelaba su espíritu. Había caído en una depresión profunda, después de que su amada, la mujer a la que le había dedicado sus últimos años, había preferido la pasión, antes que su compañía un poco más serena, quizás más aburrida. Todo parecía una noche. Nada estaba claro.
Caminaba sin rumbo por el centro de Santiago. Chocaba con la gente que transitaba aceleradamente por el Paseo Ahumada; observaba los rostros de los cientos de santiaguinos que andaban presurosos, como si fueran a una cita con retraso. Juan Pablo caminaba lento. El dolor del alma se había transformado en un dolor físico, le pesaban los pies, le dolían las piernas, como si viniera de caminar por las altas cumbres cordilleranas. A paso lento fue acercándose hacia la Plaza de Armas. No sabía bien lo que buscaba; era un paseo sin motivaciones.
Fue en un instante, en un segundo perdido en la inmensidad del tiempo, cuando tomó la decisión y dirigió sus pasos hacia el café Haití. Afuera había varios grupos de hombres, dúos y tríos que conversaban con vehemencia, ahí se hacían transacciones, los negocios más extraños. Esos hombres bulliciosos eran parte del paisaje de la capital. Se acercó a la cajera que llevaba un vestido de lana extremadamente corto; era un vestido muy ajustado que resaltaba las gorduras de su vientre y de su cintura que habían surgido con el transcurso de los años. La mujer trataba de sostener una sonrisa
-¡Un café express doble, por favor!- pidió Juan Pablo.
Ella estiró un papel amarillo y entregó el vuelto con una risa plástica. Una risa absolutamente falsa.
Juan Pablo miró el interior del local y recorrió las figuras que se proyectaban en los espejos. Los clientes, con sus caras libidinosas, parecían sicópatas que observaban a su próxima víctima. El mesón con forma de zigzag acogía a los parroquianos de acuerdo a las piernas que atendían; cada metro era cuidado por una pantera que paseaba segura con su rito cadencioso. Sus movimientos eran seguidos por las miradas que buscaban desnudarlas. Los ojos intentaban adivinar qué había debajo de esos pequeños vestidos que se desplazaban hacia la máquina que entregaba el brebaje estimulante y embriagador.
En un gesto que delató su timidez, se ubicó en un rincón apartado. La joven morena, de labios gruesos y de pelo negro atrapado en pequeñas trenzas, se acercó al rincón. La mujer que parecía venida del Caribe, sonrió con sus dientes blancos.
-¿Su café con azúcar o sacarina?
-Con nada- respondió Juan Pablo, casi con un hilillo de voz.
Cuando la mujer volteó hacia la máquina, la miró detenidamente y reparó en las botas negras que moldeaban sus piernas. Su mirada fue subiendo por esas piernas firmes que le mostraban un par de glúteos espectaculares. Eran casi perfectos. Ella giró, caminó hacia él y, sonriente, depositó en el mesón un vaso de soda y una taza de café.
Juan Pablo dejó vagar sus pensamientos y esta vez buscó los ojos de la mujer que se movía como una diosa. Recordó que hacía muchos años que iba a ese café y que siempre se ubicaba en el mismo rincón a observar a la mujer que era obligada a usar vestidos cortos y ajustados, para el deleite de los cafetómanos. A pesar de las condiciones que le imponían, ella seguía trabajando con dignidad. Durante todo ese tiempo había observado cómo aparecían sus arrugas muy cerca de los ojos y cómo su finísima cintura se había deformado.
Tomó la taza, bebió un sorbo de café y le pareció más amargo que nunca. Estaba solo, triste y sentía miedo. Lentamente fue tragando el café y también su amargura. Miró a la mujer que se paseaba como una gacela y pensó en la otra mujer, en la que había querido con tanta ternura. No pudo soportar el recuerdo y junto al último sorbo, bebió las lágrimas que cayeron por su rostro congelado.

martes, septiembre 06, 2005

MORIR EN PARIS




MORIR EN PARIS

La noche había caído sobre la ciudad. En el pequeño departamento de Matías, una luz tenue venida de la luna apenas iluminaba los muebles antiguos que venía coleccionando en sus recorridos por los mercados de la ciudad. Matías estaba en cama desde hacía tres meses. Sus amigos se turnaban para visitarlo. Le contaban chistes, casi siempre fomes, le preparaban la comida, limpiaban su casa y lo bañaban. Su sangre tenía un visitante indeseado que había ganado la batalla a los pequeños defensores de su cuerpo. Primero fue una neumonía la que lo tiró a la cama, después adelgazó exageradamente, su rostro fue secándose y las ojeras se hicieron permanentes. Matías era portador del VIH y ya no podía subir cada domingo al cerro San Cristóbal, llenar sus pulmones de oxígeno, mirar la ciudad y sentir que la vida lo esperaba allá abajo para ser feliz entre tantas miserias humanas.
Esa noche le habían entregado la dosis de morfina que le permitía dormir. En sus venas sentía un calor que apagaba sus dolores y que le sumía en un sopor placentero; el mundo parecía alejarse, su cama giraba y caía en un abismo. Sabía que se estabilizaría y vendría la calma final donde volaría entre nubes de un cielo eterno. La calma lo llevó por un campo verde lleno de flores coloridas, caminó sin tocar el suelo y olió el intenso aroma a lavanda. Luego caminó rumbo al estero, donde el agua se deslizaba suavemente, se sentó entre las rocas y escuchó el ruido del manantial que apaciguaba su espíritu. Sacó un cigarrillo, lo aspiró suavemente y lanzó una bocanada que se fue haciendo piruetas en el aire.
En ese instante ella apareció en lo alto del camino. Lentamente, como una pantera que mira su presa, empezó a bajar por la huella zigzagueante. Traía un vestido blanco, de gasa, un vestido casi transparente. Sus piernas morenas eran firmes; sus pechos pequeños y desafiantes; su cabello negro y enrulado; sus labios gruesos. La mujer se acercó con una sonrisa y no necesitaron palabras. Un abrazo fuerte, deseado, selló el acto. Sus labios se buscaron con desesperación y bebieron de sus ansias. Él recorrió su cuello, buscó sus pequeñas orejas y las mordisqueó con suavidad. Recorrieron sus cuerpos y las ropas fueron cayendo como hojas arrastradas por el viento. Ella se inclinó hacia atrás mientras él besaba su sexo húmedo.
Matías siempre la recordaba. Había atravesado miles de momentos siniestros en la vida, pero había tenido la capacidad para anidar sueños y esperanzas. En los momentos dulces de la morfina, soñaba con Soledad, su amor adolescente; un amor que había crecido con uniforme y bolsón de cuero; con besos robados en un banco del parque; ese amor que un día explotó en un rincón del cerro Santa Lucía. Esa mañana habían hecho la cimarra y estaban tendidos en el pasto, semi escondidos entre unos arbustos. La mano de Matías fue buscando debajo de su falda hasta encontrar sus muslos sedosos; lentamente subió hasta que se topó con el pequeño calzón. Y cuando lo franqueó se encontró con un pubis resguardado por una suave mata de pelos. Sus dedos siguieron explorando hasta dar con los labios mojados de Soledad. Ella suspiró y sus labios mordieron los labios de su amado. Tiritando, y con su cuerpo casi convulsionado, Matías avanzó hasta que sus sexos se encontraron. Soledad gimió de un dolor placentero y no sabía si reír o llorar.
Matías despertó con esa imagen de Soledad. Le faltaba el aire, se sintió desesperado, creía que la muerte se acercaba. Tosía y tosía, la puerta se abrió y apareció su madre que le tomó la frente y le dio agua para calmarlo. Tranquilo, le susurró al oído. Se sintió aliviado, respiró y en brazos de su madre ­-la vieja mujer que lo acompañaba en su decadencia, cómo él decía- volvió a sentirse seguro. Ella siempre lo asistía y cada mañana, con sus ojos llenos de tristeza, lo besaba.
En las noches de insomnio recorría su vida para buscar en su alma las alegrías y dolores de su vida. Había tenido una infancia hermosa; a veces lamentaba la muerte prematura de su padre, pero el cariño de su madre había suplido la ausencia. Había estudiado teatro y se había entregado con pasión a su oficio, como en cada aventura o compromiso que emprendía. Era un hombre querido y sus amigos le demostraban el cariño de múltiples formas. Nunca le había faltado nada. Pero esta noche, postrado en esa cama, le faltaba la vida. Tenía la serenidad suficiente para esperar lo que viniera; la misma calma que demuestra el samurai antes de clavarse la espada hasta el fondo de su vientre.
Aliviado por el abrazo de su madre se detuvo a repasar sus días parisinos. Becado por el Théatre du Soleil, aprendió el oficio de comediante: barrer la sala, vender boletos, preparar la comida para el público, ensayar para un montaje. Allí se hizo actor y representó a Gandhi y a Enrique VIII. En sus ratos libres, le gustaba caminar por los barrios de París, surcar los parques y lagunas de Versailles y observar a sus visitantes. Muchos de ellos eran árabes venidos de las ex colonias que paseaban su ciudadanía francesa. Navegar el Sena montado en un barquito era un placer que le costaba definir; cada vez que lo hacía quedaba anonadado mirando el agua. Como siempre, París era embriagador. Su Arco del Triunfo, la Torre Eiffel, su barrio irreverente de Pigalle, el Moulin Rouge y sus espectáculos anunciados con cientos de luces que iluminaban la noche.
Fue en esas calles que conoció a Mustafá, un bailarín argelino, alto, corpulento, de tez mate. A pesar de que Mustafá portaba un pasaporte francés, era un hombre sin raíces, un extraño en esas tierras. Tan extranjero como Matías. Juntos caminaban por largas horas tratando de descubrir la esencia de la vida; muchas veces fueron a la mezquita del barrio latino a tomar té o a los baños de vapor que purificaban los cuerpos de los hombres. Mustafá tenía unos enormes ojos negros; su pelo era azabache, con pequeños rulos que recogía en una diminuta cola. Sus manos eran grandes y su voz suave. A veces Matías pensaba que Mustafá era uno de aquellos moros descritos en “Las mil y una noches”.
Su primer rol protagónico en Francia. Qué recuerdo. Su madre estaba sentada en el sofá, frente a su cama, sin imaginar que su hijo estaba reviviendo su estreno en París. La tragedia griega una vez más, como hace miles de años, volvía a ser representada. Era “Antígona” con sus lecciones de dignidad; con su mandato universal de humanidad: todos los muertos tienen derecho a ser sepultados. En su rol, Matías era soberbio; ni el rey Creonte podía opacar su fuerza. En primera fila, Mustafá observaba con los ojos abiertos de admiración; parecía sentir el dolor y la lucha de Antígona.
Después de la función los amigos se fueron a celebrar. Mustafá había reservado una mesa en un pequeño bar griego del barrio latino y con una botella de vino blanco iniciaron el brindis. Por la vida, dijeron y bebieron con la felicidad que irradiaban esa noche. Comentaron las anécdotas del estreno; se rieron de la señora gorda de la primera fila que lloraba con la tragedia; valoraron la vigencia de “Antígona” y sus valores de lealtad y solidaridad. Entre un brindis y otro se miraron con una nueva complicidad.
Eran más de las cuatro de la mañana cuando cerraron las puertas del minúsculo bar. Pero ellos todavía tenían ganas de celebrar. Tomaron unas copas en otro bar y luego partieron al pequeño departamento que arrendaba Matías. El anfitrión fue hasta la cocina y preparó la cafetera. Sentía algo extraño, como un pequeño temblor en su cuerpo. Llenó los dos tazones y regresó a la sala. Su temblor aumentaba. Dejó los tazones sobre la mesa y se acercó a Mustafá. Ninguno dijo nada. Se abrazaron y sus labios se buscaron. Ni una palabra. Sólo hablaron sus cuerpos.
La morfina parecía no hacer efectos. Los dolores reaparecían como un tormento cruel que laceraba su cuerpo. Ya nada podía impedir que Matías pudiera descansar y él lo sabía. Entonces, su mente se fue lejos, cientos de kilómetros. Y envuelto en las imágenes de su vieja historia, pensó cuánto le gustaría morir en París.

miércoles, agosto 10, 2005

foto

lunes, agosto 01, 2005

lA ESPIRAL



El día estaba luminoso, las flores adornaban el lugar y se podía respira una suave brisa de primavera. Allí, justo en un rincón, estaban frente a frente. Ella con sus ojos juguetones, su nariz respingada y un vestido de seda que delineaba sus pechos pequeños y desafiantes. Él, serio, la miraba con sus inquisidores ojos negros. Entre ambos, una pequeña mesa.

La mujer encendió un cigarro, lo llevó lentamente a la boca, lo atrapó con sus labios carnosos, aspiró el humo, estiró su boca hacia adelante y lo expulsó en un beso infinito, un acto único, sublime, que él observó con atención. Sus manos finas repetían el ritual pausadamente. Allí, en ese instante mínimo, él cayó en la locura de amar a esa mujer.

El hombre fue construyendo en su mente el cuerpo hermoso de la mujer. Desprendió los tirantes del vestido y pudo ver sus pechos que parecían dos manzanas pecadoras, con sus pezones que acarició con sus labios. Sintió que ese pequeño botón producía en ella un escalofrío placentero, que invadía su cuerpo. La besó en el cuello, mordió con dulzura su nuca, soñó que en un acto de locura la tomaba en sus brazos y corría con ella a su departamento. Ciego de pasión abría la puerta y a tirones le sacaba el vestido de seda, descubriendo la hermosura de su cuerpo color mate. La acariciaba enloquecido, la besaba con pasión y recorría los caminos extraños de su piel hasta que sus manos tocaban esos pequeños montes que dibujaban sus caderas y ella se retorcía como una hembra herida, dando pequeños grititos de placer. Con desesperación buscó hasta que sus labios encontraron entre ese bosque la fuente humedecida de su sexo y se quedó para siempre.

-¡Mozo, la cuenta, por favor!, sonó potente y él abrió los ojos para recibir la caricia de esos rayos de sol primaverales.