La Ducha
Era un día de primavera. El sol, aún tenue, entregaba un calor suave, se escuchaba el rumor de la ciudad y las personas iban alegres por las calles. El mundo parecía vibrar en esos rostros hermosos. Juan Carlos y Soledad caminaban de la mano por la playa. Después de muchos insomnios y dudas, de preguntarse si era o no correcto, habían tomado el avión hasta Brasil para vivir esas vacaciones tantas veces postergadas. El destino les había puesto muchos obstáculos, pero esa tarde sentían una tranquilidad que acompañaba sus cuerpos y sus almas.
Estaban felices.
Ella había luchado desde niña. Muy joven se había hecho cargo de su hogar luego de que su padre había partido tras una mujer. Desde entonces, el amor le había sido esquivo. Tenía poco más de 45 años, y un día cualquiera había conocido al loco cuerdo que la acompañaba.
El hombre, algunos años mayor que ella, iba cargado de ilusiones y cicatrices. Se conocieron por azar y ahora estaban allí, paseando, como viejos amantes. Poco rato antes habían comido camarones al ajillo, los habían saboreado uno a uno. Se miraban con placer, se daban los trozos de carne roja en la boca y él se deleitaba cuando ella, con sus labios carnosos, los apretaba. En ese momento sus ojos eran dos perlas juguetonas. Después, ella chupaba sus dedos para limpiarlos de la salsa de ajo. La miraba cómo levantaba la copa de champaña. Todo era excitante: verla comer o beber, o mirar sus pechos que asomaban por la blusa blanca.
Estaban cansados. Ya en el hotel, se tendieron y decidieron tomar una ducha que los repusiera de la caminata. Ella se desprendió de la blusa y apareció su piel morena; él, recostado, observó cómo sus pechos se liberaban con la caída del sostén. Diestramente, sus manos descendieron por sus piernas hasta deslizar el pequeño calzón que la incomodaba. Quedó completamente desnuda para el deleite de los ojos embobados de Juan Carlos.
Ella caminó hacia el cuarto de baño. Su paso cadencioso, mostraba dos glúteos cimbreantes, sus piernas se desplazaban en una lenta danza. Sabía que la observaba, pero no se detuvo. De pronto, él escuchó el ruido del agua y ese instante fue un llamado rotundo. Se desnudó y partió tras su amada. La ducha estaba tras unos cristales, se observaba un pequeño vapor, pero alcanzó a distinguir el cuerpo que lo aguardaba. Llegó como pateando puertas y la abrazó por la espalda con energía; el chorro de agua tibia pasaba de un cuerpo a otro. Sus labios se buscaron, se mordieron y sus lenguas jugaron dentro de sus bocas ardientes. Él tomó el jabón y la espuma con olor a manzanas los invadió. Juan Carlos empezó a recorrer los pechos de Soledad hasta que sus pezones se levantaron como lanzas; sus manos siguieron por su vientre hasta encontrar el vello de su sexo. Lo acarició delicadamente, ella echó su cabeza hacia atrás y el agua bajó por su cuerpo. Las manos del hombre llegaron a su clítoris mientras sus labios atrapaban sus pezones.
El agua seguía mojándolos. Él comenzó a descender con sus labios por el vientre suave; las manos de ella buscaban detenerlo desesperadamente, pero no había vuelta atrás, sus labios ya estaban en el centro del amor. Ella se movía encabritada, con un placer que la sobrepasaba. Apoyada en la pared, lo acariciaba con furor. Soledad no pudo resistir, lo tomó por los hombros y buscó su sexo. Lo acarició con su boca y lo atrapó con sus labios. Comenzaron a jugar. Él lanzó unos gemidos que fueron un estímulo para que ella lo abrazara con más fuerza. Él ya no podía resistir. Agitado, la levantó, la besó y nuevamente buscó su sexo. Los quejidos de la mujer fueron adquiriendo un sonido especial hasta que gritó con una fuerza que no le conocía.
Juan Carlos se secó suavemente con las toallas blancas, caminó hacia la cama y se tendió de espalda, con el corazón inquieto de placer. Se sentía bien, sus dolores pasados estaban sanos; sus penas, superadas; había conocido el amor verdadero y entonces, con una sonrisa, con la felicidad contenida, su corazón se detuvo para siempre.




